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    EL PRIMER AMOR

Gran parte de las decisiones que las mujeres adultas tomamos al escoger a nuestra pareja están marcadas, de manera consciente o inconsciente, por la historia de nuestro flechazo inicial: papá.
 
                Nuestra forma de elegir pareja tiene que ver, más de lo que creemos, con la relación que hayamos tenido de pequeñas con nuestro padre o incluso con la que tenemos con él siendo adultas. ¿Cómo esto refleja la visión que tenemos sobre nosotras mismas?
                Es posible que los hombres con quienes nos hemos relacionado compartan una o más características. En la mayoría de los casos, pudimos habernos topado con algún defecto común a todos ellos, el cual provocó el rompimiento. Pero incluso cuando nuestras parejas sean muy diferentes entre sí hay algo que une a todos: la imagen de nuestro padre como modelo ideal.
                Freud analizó que una vez descubierta la diferencia de género por los infantes, éstos establecen una identificación con los padres del mismo sexo, esto es las niñas comienzan a tomar los vestidos de mamá, pintarse la cara, usar sus zapatos y tener ademanes como ella, y los niños a hacer lo propio con los padres; y con los padres del sexo contrario a tener  un vínculo de idealización muy particular. Los infantes al ver a sus padres de manera tan grandiosa, lo que desean fuertemente es que esas personas tan grandiosas del sexo opuesto los amen, los cuiden y los hagan sentir protegidos.
                La ecuación inconsciente que lleva a tal situación es la siguiente, si papá ama a mamá, yo debo parecerme a mi mamá, en quien es, en lo femenino; para que papá me ame a mi también, es así como papá se convierte en el primer amor de las mujeres y mamá de los hombres, a esto Freud lo llamó Complejo de Edipo.
                En la sociedad actual, los roles paternos han cambiado. A pesar de que la madre sigue siendo la base de nuestra seguridad, aún el padre es quien prohíbe o permite. Así, es la imagen que asociamos con la autoridad. Esto se debe a la ley que representa.
                La madre aquí juega un papel fundamental al complementar la labor del padre: ambos trabajan para que a través de la figura materna la niña vea una alternativa valorada como mujer, como compañera y pareja de la figura masculina. Las mamás y los papás que reconocen lo femenino en sus hijas mantienen fronteras claras de qué se puede hacer y qué no, las ayudan a caminar con confianza hacia la adultez.
                Parece que siempre estaremos en busca de la guía de nuestro padre, lo que para él también representa una gran responsabilidad. El psicoanalista Didier Lauru lo explica así: “Resulta complicado para el padre permitir a su hija confiar en su propia capacidad de seducción y de construirse a sí misma como un sujeto pensante, pero no demasiado, pues le impediría vivir su vida de forma independiente”. Esa mirada “justa” tiene una doble función: ayudar a construir la imagen femenina y garantizar la prohibición del incesto. En palabras de Lauru, se trata de dirigir a la chica una mirada que con o sin palabras le diga: “Eres hermosa, eres inteligente, algún día podrás gustarle a quien quieras y serás amada por un hombre que no seré yo”.
Por circunstancias que no siempre controlamos, a veces la relación con papá se dificulta o incluso no podemos convivir con él. Entonces elegimos otra figura masculina, para sustituir aquella. En algunos casos, el proceso de desidealización resulta complejo, sobre todo si nuestro padre murió cuando éramos chicas o cuando aún no llegábamos a la adolescencia, que es cuando lo bajamos del pedestal. En esos casos, la consecuencia es que en la edad adulta exigiremos algo que no podremos obtener, pues lo que creemos buscar en realidad nunca existió, más que en nuestra mente.
Por otra parte, las razones de la ausencia son variadas. Cuando el padre no estuvo presente por haber fallecido, quizás elijamos una pareja de la edad que él tendría hoy o de la que tenía al morir, señal de que no nos hemos desprendido de su imagen. En el caso de abandono, es probable que siempre tengamos la idea de que no supimos retenerlo y difícilmente creeremos que algún hombre podrá amarnos.
En algunas ocasiones no logramos desterrar la imagen ideal y eso puede interferir en todas nuestras relaciones de pareja. Por ejemplo, si la madre se interpuso entre padre e hija, sin permitirles convivir de manera directa, es muy probable que al llegar a la madurez esa mujer busque relaciones en las que ella sea “la otra”. También puede resultar que de forma inconsciente recurramos a estrategias para no permitir que ningún hombre desbanque a nuestro padre. Espaciar la intimidad con la pareja por la excusa del trabajo excesivo, por alguna adicción o por otro motivo es una forma de obstaculizar la cercanía amorosa. Así confirmamos que, al parecer, ningún hombre será igualmente valioso.
Cuando se baja al padre del pedestal, se logra entender que también es un ser humano y no la pareja ideal que buscamos, y que además es de mamá, no nuestro. Entonces podremos convivir con otro hombre, asumiendo que no tiene que ser como papá. Esto no quiere decir que debamos forzarnos y buscar justo lo opuesto, pues de cualquier forma terminaría siendo el mismo punto de partida.
Por otra parte, mas allá de alimentar fantasías es recomendable analizar qué distingue a nuestro padre y escuchar nuestros propios deseos en cuanto al compañero que necesitamos.
El apoyo psicológico es una herramienta contundente que nos ayuda por lo tanto a desidealizar y entender nuestros propios deseos llevándonos a establecer relaciones buenas, sanas y duraderas.

 

 

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